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7. Fractura emocional (puffskein)

  • Foto del escritor: Kala Rico Pollo
    Kala Rico Pollo
  • 7 ene
  • 4 min de lectura

Actualizado: 7 may

 Varita mágica

Me quedé observando mi pila de piel de lobo un buen rato, más de lo que podría considerarse apropiado.Repetí este mismo ritual de observación una vez que las oculté en un escondrijo.Lo mismo hice con el ópalo y los hongos saltarines.¿Me llegarían a servir todos estos recursos en un futuro?Esa era la duda que me dejaba inmóvil por tantos segundos extra.La duda que provocaba la idea: pienso llegar al final solo con mi varita.Si bien el egocentrismo es un tema muy controversial, ahora mismo solo me hacía cavilar para mí misma, en medio del bosque:soy más fuerte de lo que pienso, incluso en un universo relativamente desconocido.Cuando esta idea anidó en mi mente, pude irme.Seguiría creando escondrijos que serían encontrados por los gamusinos y nómadas de la zona.Tal vez una pérdida de tiempo.Tal vez me salven el pellejo en un futuro.

Varita mágica 

 Varita mágica

Típica mañana en el bosque, continúa.Sonidos de alces.El río marcando el pulso.Árboles danzando con el viento.Y, a lo lejos, un sonido que no pertenece al paisaje:—¡Expelliarmus!—¡Protego! —respondí—. Oye, amigo, no quiero pelear contigo.El mago oscuro, tal vez aterrado por mi forma extraña de avanzar, no prestó atención a nada de lo que intenté decirle. Continuó atacando, una y otra vez, hasta que terminó agotándose a sí mismo, cuando mis hechizos de protección le devolvían sus propios intentos.Antes de caer inconsciente, me llamó de manera despectiva, con el nombre de alguna bestia.No supe si maldecía a mí, a la situación, o al animal que mantenía encerrado en aquella jaula mágica.—¿Cazador furtivo, eh? —dije, acercándome a la criatura—. Mira cómo te tiene… sin poder correr, inmóvil.Me dirigía al animal con la intención de tranquilizarlo.Cuando sus sollozos cambiaron de tono —ya no un grito al vacío, sino una llamada cercana, casi íntima— supe qué hacer.El puffskein ya me había reconocido.Y entendió que mi desaparición entre fuegos floo tenía sentido: volvería por él.—¿Y tú? ¿Sabes Alohomora? —preguntó la chica más alta, de piel de ébano, a una de sus compañeras.Yo permanecí en silencio, portando mi uniforme del castillo.Pasó tiempo.Minutos que se sintieron excesivos.Nadie se ofreció a ayudarme a abrir el candado.Cuando sentí que lo había dejado solo demasiado tiempo, regresé por la misma ruta, hasta aquella ladera junto a la montaña.Debí haber aprendido Alohomora antes de salir del castillo, me reproché.El puffskein ya no estaba.Nunca supe si logró escapar por su cuenta, o si fue alcanzado por otro cazador furtivo.La realidad, a veces, es así.

Varita mágica

 Varita mágica

Los alumnos de la profesora Hecat salían del aula cuando yo, al mismo tiempo, ingresaba. Entre la multitud de estudiantes divisé, entre cabellos y túnicas, aquel color rojizo tan particular de Sebastian. A veces, entre amigos —tan amigos—, basta con saber que estamos para que el lazo se mantenga firme.Saludé al grupo. Algunos me reconocieron como su excompañera de clase y me devolvieron el gesto con naturalidad, como si el tiempo no hubiese hecho mella.—Antes que nada, necesitas aprender ¡Expelliarmus! —me dijo la profesora, mientras terminaba de contarme fragmentos de su vida pasada, esos que se deslizan como lecciones no escritas.Pude haberle pedido que me enseñara

Alohomora, pero hacerlo habría sido asomarme a un precipicio de egocentrismo, y ese abismo no es, particularmente, uno de mis lugares favoritos.Así que permanecí un tiempo más en el castillo. Un día. Tal vez varios. Hasta que un amigo de Fig me reconoció. Me encomendó una misión. Volví a colocarme la vestimenta de exterior y, sin ceremonia, el mundo me recolocó justo en el punto del que había retrocedido.El bosque.

Varita mágica

 Varita mágica

—Buenas noches… buenas noches… ¡oh! no te había visto, buenas noches —saludé una por una a las lechuzas que moraban en el lugar que el dueño de la tienda de Ollivanders, la tienda de varitas, me había pedido vigilar como detective improvisada.Una vez concluida la formalidad —que parecía más para tranquilizarme a mí que a ellas—, pude dedicarme a observar con mayor detenimiento las estatuas, los pilares y los mecanismos secretos ocultos tras los muros. Nada allí era decorativo por accidente; todo tenía intención, memoria, propósito.Al llegar al piso más alto encontré a Richard. Un fantasma. El arquitecto de aquellos pasajes ocultos.No me costó inferir que había sido un gran estudiante: irreverente, rebelde tal vez, pero profundamente inteligente. Lo suficiente como para asegurarse de que solo los tenaces —solo quienes saben insistir sin violencia— pudieran acceder a su lugar de descanso. Solo aquellos capaces de ayudarle a redimir su trágica muerte

.Varita mágica

 Varita mágica

Frente a la única entrada del Bosque Prohibido, encontré una orquesta de flores amarillas.Choo, tok… hacían sonidos de todo tipo, extraños, disonantes. Traté de armonizarlos como si fuera la directora de esa orquesta improvisada.Agité mi varita, fingiendo que había un bello orden en su estrambótica melodía.Cuando escuché lo suficiente, bajé la varita, decepcionada de mí misma y de mi inocencia.Las flores no estaban cantando.Estaban suplicando, casi de manera terrorífica:¡NO ENTRES AHÍ! Las plantas, testigos de demasiadas barbaridades y de historias fúnebres, estaban presenciando otra más al verme avanzar hacia el puente, la entrada del Bosque Prohibido. Me retiré en silencio, en búsqueda de Richard, el fantasma, quien me esperaba en medio de ese lugar de muerte.

 Varita mágica

 Varita mágica

Richard había muerto en ese bosque, con una varita de manzano perteneciente a la familia Ollivander.Las intenciones de recuperarla, por parte de los amigos de Fig, me llevaron hasta ahí. Pero, en lo personal, avanzaba sin temor, con tal de ofrecerle redención a ese espíritu aventurero, tan parecido a mí.Habría de encontrar el lugar de su fallecimiento.Una vez ahí, tendría la imagen de cómo fue que pereció, y eso sería suficiente para darle la oportunidad —si él así lo quería— de trascender y continuar su camino fuera de este plano.

Varita mágica 


 


 
 
 

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