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21. Espectáculo (el mundo te observa)

  • Foto del escritor: Kala Rico Pollo
    Kala Rico Pollo
  • 7 ene
  • 6 min de lectura

Actualizado: 7 may

 Varita mágica Moré unos días dentro de la Sala de Menesteres.De pronto tenía un almacén repleto de hojas de Centidonia.Me observé, de un instante a otro: ya no tenía que preocuparme por consumibles. Terminé de plantar los higos nuevos en las macetas grandes; dejé las pociones pararayo ahí, recién salidas del caldero también. No podía cargar más.Ahora mi paradigma se había bifurcado, distinto al de hace meses en el que escatimaba recursos.Hora de vaciar mi inventario.Fuese contra lo que fuese.Así me movía hacia la salida de la Sala de Menesteres cuando Deek, mi nuevo camarada, me detuvo, insistiéndome en mejorar mis habilidades con el Trincasaco.Hora de vaciar mi inventario, después de encomendarme a lo que mi amigo Deek necesitara.Viento en popa. Varita mágica 

 Varita mágica Cuando el animal en mi regazo se calmó, entonces Deek le casteó el hechizo de sanación sobre la pata herida. Yo presencié esto más de cerca que los otros duendes, aprendices secretos de Deek.Pasé la tarde ahí. Había olvidado mi prisa por ser óptima y eficiente con el uso de mis materiales. Tal vez mi maestro duende sabía más sobre lo que tenía que hacer, incluso sin que yo le hubiera dicho nada de lo que había hecho días antes con Sebastian.En esta ranchería mágica, oculta del mundo de los magos, pude redireccionar mi movimiento hacia donde debía. Cuando alimenté al último de los puffskeins, tuve un pensamiento nítido:Debo aprender nuevas formas de investigación: astrología.Thakkar, ese compañero tan entusiasta que conocí en mis primeros días, estuvo disponible por la noche para enseñarme cómo usar el telescopio. Cuando me agradeció por abrirle paso por una desconocida brecha hacia uno de los lugares ancestrales de la astrología, entendí que había sido de ayuda para su futuro. Él no sabía que yo necesitaba aprender de estrellas para ayudar a otros. Estaba claro, enciclado en su prominente futuro como astrólogo, como cualquier buen estudiante joven.Así como él escribiría sobre mí en su apartado de agradecimientos en alguno de sus futuros libros, yo escribiría en mi bitácora sobre su ayuda para salvar a Anne.Aunque fuera en secreto. Varita mágica

 Varita mágica

No sé si Thakkar me volverá a ver, pero sé que mi última impresión de nuestra amistad fue buena. Él ahora está en ese lugar especial donde puede andar entre estrellas legendarias, y yo, impresa en la luna, con mi escoba y mi sombrero de bruja.Con esta nueva habilidad emprendí un viaje hasta la orilla del mar y desde ahí tomé rumbo por la playa, indefinidamente.Buscando. Alguna ciudad, alguna persona, algún rumor, algún remanente de magia ancestral. Algo.Sabía, en lo profundo, que las cosas no se dan por sí solas. Necesitaba llamar la atención de aquello que tuviera la capacidad de ayudarme a encontrar una cura.¿Un grupo de personas?¿Un curandero?¿Un espíritu?Todas estas tribulaciones sobre andar por el mundo con la intención de ayudar, sin realmente saber a dónde ir, quedaron marcadas detrás de mía, como huellas en la arena, mientras corría a toda velocidad sobre la suave arena de la playa.Yo no tengo que preocuparme por el dolor ajeno.Yo solo tengo que ser yo.Y yo soy de correr hasta que algo se me ponga enfrente.Y así serví.Corriendo por la playa,hasta que el mundo me coloque en la situación propicia. Varita mágica

 Varita mágica Los habitantes —y algunos turistas— de alguna ciudad cercana a la playa tenían lista su grada provisional, que había dejado de parecer improvisada tras semanas de creación y actualización constante.Las gradas ese día estaban llenas. Tanto así, que El Capatáz, forzado a tomarse un día libre, logró espectarme de pie al lado de ellas, mientras mis fanáticos me observaban hacer lo mío: encantar sapos.La expectativa del público latía con fuerza bestial. Sonidos rebuffantes recorrían el lugar mientras se aguardaba por ese característico destello verde del Fuego Floo a la lejanía. Y entonces, cuando aparecía entre las llamas, bebiendo pociones y lanzando hechizos potenciadores sobre mí, algunos se ponían de pie. Inventaban cantos de guerra, me seguían con la mirada de un depredador. Les gustaba —por puro gusto— seguir con precisión mi movimiento hacia la arena de combate.La impresión de alguien invadiendo el nido de los sapos de playa les dejaba un regusto placentero de osadía cuando se retiraban, una vez caía el sol

.!Diffindo!

!Confringo!

!Incendio!

!Expeliarmus!

Parecía más una coreografía que un enfrentamiento a muerte con bestias asesinas.Cuando el capataz perdió un gramo de egocentrismo y logró notar que el semblante de concentración del público estaba puesto sobre mí y no sobre él, chistó.¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Debería regresar a la mina? Su agente —contador, tajador y quién sabe cuántos encargos más— lo devolvió al sentido común. Estaba ahí para distraerse, para ver a una Outlander pelear contra los invasores de la playa. El capataz sostuvo apenas unos segundos la mirada sobre mi silueta resplandeciente y se marchó.Y así nos quedamos: solo aquellos que eran fanáticos de los magos, los reporteros, los surfistas exiliados por los sapos, y alguna que otra visita nueva por un tiempo. Ah, y yo, claro. Y los sapos de la playa. Varita mágica 

 Varita mágica Uno de los sapos quedó fuera de combate. Sonreía. El avance tras las semanas se volvía tangible para mí, pero más importante aún, para aquellos que sostenían banderitas rojas y de otros colores: mis verdaderos fans. Ellos, al notar el progreso en mi performance, no podían sino volverse más ansiosos por descubrir cómo se desarrollaría esta historia inesperada en una de sus playas bien olvidadas. —Es muy buena bailarina —dijo uno, entendiendo que yo no era una cazadora furtiva, sino más bien una actriz. —Me pregunto si habrá algún tipo de hechizo nuevo invocado sobre los sapos que no sea eléctrico o de fuego —comentó el muchacho más nuevo, recién incorporado al grupo de fans. Estas personas, tan lejos de Hogwarts, eran distintas, casi ajenas a la magia. Así que cuando rompí la brecha entre ellos y yo —con un Fuego Floo más sutil, al lado de las gradas— el chillido de emoción de uno de los muchachos me hizo casi perder ese tono arrogante y soberbio que tanto me gusta aparentar. 

—No puedo lanzarles otra cosa que no sea fuego o rayos. Lo intenté con sapos más pequeños y endebles, y nada me dio mejores resultados. Para algunos, mi acercamiento —rompiendo la relación público/actor— fragmentó el ambiente. Pero otro de mis fans, desde el extremo opuesto de las gradas, exclamó hacia mí:—¡Hey, Bridge! ¿Cuáles son las dos reglas principales para encantar sapos? Nos miramos un segundo para sincronizarnos, como ya lo habíamos hecho varias veces en la taberna de su ciudad. Número uno: nunca esquivar cuando el sapo no se comete hacia ti. Y número dos: siempre respetar el espacio del sapo. El sonido de nuestras voces, recalcando este mantra sencillo de combate, recompuso lo que mi abrupto acercamiento había alterado. Los espectadores veteranos se alegraron de verme. Los más nuevos se templaron. Ser infame es fácil. Famosa, no tanto. Varita mágica Varita mágica Esta mañana era especial.Había convocado a los veteranos en la taberna el día sábado, para vernos el domingo a primera hora: la hora en que los sapos salen del agua y comienzan su aterrador stand-off sobre la playa. Se corrió la voz, supongo, pues había más gente de lo normal. Había incluso —me causa gracia— gente que tal vez pensó que nos plantaríamos en la playa con comida y trajes de baño, como en antaño, antes de la invasión. Tal vez la voz corrió demasiado. Los sapos dieron sus pasitos fuera del agua, hasta que la presencia de mis botas altas de cuero los detuvo. Para los conocedores de bestias —ya fueran los surfistas, los más afligidos por la invasión— sabían que esto no era particularmente normal cuando se trata de hacerle frente a un sapo de playa. Los sapos no atacaron, y yo igualmente me mantuve firme. Bien podrían colocarme una espaldilla de roca y sería un sapo playero como ellos. Esta tensión, que solo existía en los ojos del conocedor, palpitó en el espíritu. ¿Lo habría conseguido?, pensó más de alguno, mirándose las caras en el grupo de las gradas. Levanté la varita.Y el sapo hizo, levemente, lo mismo. Cuando noté ese ademán del sapo, supe que había hecho lo mío. Para el humano, mi actuación era un simple show de habilidad mágica y astucia en combate de corto rango. Pero para los sapos y para mí, había ocurrido un cambio de información día tras día.

Yo soy digna de esta playa. Les pido que se vayan a otra.

El baile rudimentario de los sapos, aparentemente sincronizado, me llenó de alegría; incluso más que cuando tomaron sus ramitas con el hocico y, en una pasarela final, se marcharon hacia otra playa. La sapa líder se volteó a verme, deteniéndose y dejando que su grupo avanzara antes que ella. Luego caminó hacia mí; yo solo me giré y la recibí. No dijo nada.Y se marchó. Ya se había dicho todo lo que tenía que decirse en la pista de baile. Varita mágica 

 







 
 
 

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