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32. Colapso funcional (sigues operando, pero por dentro cedes)

  • Foto del escritor: Kala Rico Pollo
    Kala Rico Pollo
  • 17 ene
  • 3 min de lectura

Actualizado: 8 may


Varita mágica

Mi semblante era jovial.

—¡Buenas tardes!— decía yo.—¡Buenas tardes!— respondían los pueblerinos del Bajo Hogsfield.

A trote sereno avancé hasta un río, que atravesé como el vector que soy. Esta vez no hubo redireccionamientos. Tampoco preguntas sobre el porqué de mi rumbo.

Los niños del muelle tuvieron una buena impresión de mí, supongo. Aunque por dentro me carcomían pensamientos fúnebres, por fuera mis pies sostenían una sola imagen: la salvaguarda.

Encontré un campo de maíz lo bastante crecido como para asegurarme de que nadie pudiera observarme desnuda. Me quité las ropas silvestres—tan cómodas hasta que se mancharon con la muerte de Lodgok—y me vestí con aquello que se sentía mejor sobre mi piel: un traje elegante, de esos que usan los furtivos que se apostan en balcones.Esa burguesía malhechora, de estilo impecable.

Varita mágica Varita mágica

Avancé como flecha furiosa hacia mi objetivo: mi Sala de Menesteres personal. Ahora lo entiendo: estaba intentando alejarme lo más posible de estos resentimientos de duelo. Lo suficiente para aclarar la cabeza, enfriarme, encomendarme a lo que seguía. Darle algún sentido al sacrificio de mi amigo goblin.

Las arañas quedaron atrás, ignoradas. No eran amenaza. Nada lo era, excepto esa imagen que mi mente no lograba disipar.

El goblin que pasó toda su vida al margen. Que quizá había logrado olvidar esta problemática del mundo. Que se permitió ser, simplemente, un caballero de juergas: un acompañante entrañable. Alguien que creaba momentos célebres en una buena aldea de Hogsmeade. Que ayudaba en lo que podía.Él era feliz.

Y entonces aparezco yo.

Y por mi estúpida disrupción, su vida termina.

Varita mágica Varita mágica

Onai, la estudiante de Uganda, me detuvo en mi recorrido colérico.

Entonces, mi modo de buenachona se encendió en automático. Había que hacer justicia a la familia Bickle.

Mi mental estaba tan nublado que no supe en qué momento crucé el umbral hasta que lancé la primera ¡Bombarda! sobre la fiesta que Harlow celebraba dentro de su tienda personal. La descarga eléctrica inicial fue suficiente para devolver mi respiración a parámetros normales. Había estado hiperventilando durante todo el trayecto sin darme cuenta.

Esa urgencia por regresar a mí misma, combinada con la realización de que con cada enemigo abatido me sentía menos sobrecargada, me empujó a un frenesí peligroso.

Divisé al hijo capturado de la familia Bickle con ¡Revelio! y bajé las escaleras sin dudar. Rápidamente lo hice entrar en razón de lo que estaba por presenciar:

—Cierra los ojos. Tápate los oídos.

El niño, con una inteligencia que no debería exigirse a esa edad, obedeció. Apenas lo hizo, la jauría de lacayos de Harlow apareció por el pasamanos.

¡Bombarda!¡Confringo!

Si bien tengo derecho a equivocarme, no puedo sentir orgullo por los estruendos que dejé impresos en la mente del hijo de Bickle.Mucho menos, por el funesto destino que le concedí a Lodgok.

Varita mágica Varita mágica

Al destruir mi trofeo del campeonato de Varitas Cruzadas, me dirigí de forma inconsciente hacia Lucas, quien me lo había concedido antes de que yo fuera a hablar con los Guardianes, intentando explicarles todo aquello que había ocurrido fuera de su rango de visión.

Tuvimos un sparring amistoso. Luego me despedí.

La vestimenta que él —en lo que ahora sospecho fue una premonición— había resguardado para galardonar a la última gran fuerza duelista de Hogwarts, encontró ahí su final. No por desprecio, sino por cierre.

Aun así, quise dejarle claro algo:aunque el mundo me mirara con otra ropa, con otra carga y otro nombre implícito, yo seguía siendo su campeona de Varitas Cruzadas.

Varita mágica Varita mágica

Bakar había perdido todo su escepticismo sobre mí al notar mi cambio de actitud. En su vasta experiencia sabía reconocer cómo se transforma el espíritu joven cuando comienza a cargar karmas de este tipo. Le bastaron apenas unos segundos para entender que yo ya no estaba jugando.

Los otros Guardianes, testigos silenciosos de mi desarrollo, no dijeron nada. Fue entonces cuando el cuarto Guardián me indicó el camino directo hacia la última prueba.

Seguía hiperventilando.

Consciente de ello, me desvié hacia una posada junto al mar. No dudé en acercarme al sofá de paso, al taburete cubierto de notas dispersas de otros viajeros como yo. Incluso encontré otra bitácora, bien formada, olvidada ahí. Como yo solía hacer cuando la carga se volvía demasiado pesada.

Entendí el mensaje.

Puedo decidir, en cualquier momento, dejar mi libro aquí y marcharme hacia donde mis pies consideren. Pero por ahora, lo único que quiere mi cuerpo es detenerse. No reflexionar. No sanar. No planear.

Solo detenerme.

Mis pies quietos, junto al sofá, en la posada al lado del mar.

Varita mágica



















 
 
 

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