34. Naturaleza desatada (eres exactamente lo que eres… sin contención)
- Kala Rico Pollo
- 20 ene
- 4 min de lectura
Actualizado: 8 may
Varita mágica
Para acceder al último depósito de magia ancestral necesitaría una llave.No fueron exactamente las palabras de Rackham, pero sí la interpretación que guardé en mi registro mental.
Una varita —que servía como llave— formada por cuatro fragmentos de memoria de los cuatro guardianes. A mi entender, era una forma rudimentaria de trasladar su consciencia hacia el depósito de magia ancestral. Ahora lo comprendo mejor: esa llave me permitiría entrar, pero en última instancia solo serviría para recordar la moral de los cuatro guardianes cuando tuviera que postrarme ante el depósito.
Si bien yo tenía mi propio criterio, bastaría con bajar la mirada hacia mi mano para recordar el paradigma inculcado durante las cuatro pruebas:
No hay luz sin sombra.
Todas estas realizaciones me mantenían con la vista perdida entre las calles empedradas de Hogsmeade, mientras me dirigía hacia Ollivander, quien —según lo acordado— me ayudaría a forjar la varita a partir de los fragmentos de memoria.
A pesar de caminar con la mente en las nubes, reconocí patrones discrepantes en los peatones. Esperé el momento del ataque, la emboscada preparada. Endurecerme ante el asalto inminente solo me aplastaría.
Me dejé teletransportar por los secuaces de Harlow hacia quién sabe dónde: algún valle entre montañas perpetuamente gélidas. Allí tuve que enfrentarme, tal como lo había premeditado desde mis primeros pasos:
Solo con mi varita.
Y con el inventario vacío.
Varita mágica
Desperté en medio de un campamento gigantesco, aparentemente olvidado. Tal vez el lugar donde aquel gremio de furtivos había dado inicio, tiempo atrás, a todo lo que ahora yacía en ruinas.
Sola.
Tenía sentido. Nadie se ofrecería a establecer guardia sobre mí. Sabían que ¡Desmayus! tenía un límite exponencial; en algún momento me pondría de pie, atada o no de manos y pies.
Por eso, cuando comencé a vagar por la fantasmal campaña militar, no me ofusqué. Mi mirada permanecía férrea al frente. Tan dura como mi mano, que no se dejó arrebatar la varita mientras estaba inconsciente.
Escuché el primer silbido del viento.
¡Protego!
Pude sentir el nerviosismo regurgitante oculto entre la maleza cubierta de nieve. Otro corazón palpitante al borde de la muerte, refugiado en alguna choza. Tenían miedo.
Ellos eran cazadores furtivos de antaño.Yo, la bestia contemporánea más brutal que el mundo mágico había concebido.
Todo a causa de Eleazar. El profesor Fig. Varita mágica Varita mágica
Horas después de que el sol volviera a salir por segunda vez, me enfurecí.
Su plan era simple: mantenerme a la defensiva hasta que muriera de inanición. Se rotaban los turnos, sosteniendo un asedio invisible. Podían continuar así el tiempo suficiente como para verme caer de rodillas.
No.
El grito que emergió de mis entrañas —confundible con el de una bestia dracónida— terminó por convencer al cuerpo del cazador furtivo de dejar de atacar antes incluso de que su mente lo comprendiera.
Entonces, aquellos cazadores furtivos, anclados e incapaces de abandonar su paradigma de existencia tipo bergantín, avanzaron. Magos tenebrosos que no podían coexistir en el mundo sabiendo de mi existencia, dando un paso al frente en un intento torpe de trabajo en equipo.
—Ustedes serán los primeros en morir —dije vilmente.
Mi voz resonó con fuerza en sus posturas: titubeantes, dolientes.
Esta nueva era para el cazador furtivo era dolorosa.
Nunca habían escuchado hablar a una bestia. Varita mágica
La guerra que Lodgok había contemplado se manifestó, aunque no como él la había imaginado. Creo que esperaba un enfrentamiento cerca de Hogwarts: goblins contra magos. No una forastera de otro universo erradicando la avaricia de los propios magos.
Es impresionante cómo la sed de poder doblega a cualquier alma. A tantas almas.¿Cien? ¿Doscientas?Perdí la cuenta después de las mil doscientas bajas.
Entonces la voz de Victor Rookwood resonó dentro de mi cabeza, lejana y, al mismo tiempo, incrustada en mis sentidos:
—¡Avada Kedavra!
La inminente muerte, teñida de verde, fragmentos de podredumbre nublaron mi vista. Aun así, repelí por completo su intento de finiquitarme.
Lo que restaba de su ejército maldito nos rodeó.
Yo nací exhausta, al borde de la muerte.
Esta era, precisamente, mi zona de confort.
—¡Bombarda! Varita mágica
Tristemente, yo suelo ser espejo; catalizador de energías.Bobina eléctrica.
Si alguien me ataca con muerte, naturalmente absorbo y catalizo… hacia el único objetivo relevante.
Poseo capacidades extraordinarias, de esas habilidades probablemente inútiles para el alma promedio.Este era un claro ejemplo.
En los azotes, en el tira y afloja del combate, lograba llegar hasta la pupila de Victor Rookwood. Y mi electricidad, mi magia ancestral personal, me permitió leer el grabado de su alma. Pude ver todo su camino recorrido en esta tierra.
Solo había causado daño.
Él no podía hacer nada al respecto.Pero yo sí.
—¡Desaparece!
Las emociones corrompidas de Victor Rookwood rebotaron desde mí hacia él en forma de relámpagos.
El resto de su ejército cayó como bultos, víctimas del daño colateral.
Ciertamente, implosioné.
Estoy acostumbrada a salir de este estado mental donde todo a mi alrededor yace inanimado, donde la bruma deja un aire de descanso. Muchas veces intuyo que fue a causa mía: la única figura en pie, aún animada.
Entonces tomo algo que me permita registrar los eventos acontecidos. Una rama y tierra, pedernal y piedra o, en este caso, una pluma y un libro de páginas blancas. Con tal de conservar una imagen clara de los hechos.
Si voy a destruir, necesito hacerlo diligentemente. Varita mágica Varita mágica
Volví inmediatamente con los guardianes, para hacerles saber que la llave estaba bajo mi control y que, claro, Rookwood ya no era una amenaza.
Al avanzar por las escaleras, con la vista fija en mis pies, noté algo curioso.Muy curioso.
Ya no llevaba mis botas largas, sino mis botines anaranjados de plástico reciclado; esos que son distintos entre sí, donde uno parece más sandalia que bota.Mis pantaloncillos de nailon café, rayados, también habían vuelto.
Seguí subiendo la mirada sobre mí misma y lo entendí:me veía más como yo.
Como la que era antes de ser transformada por el profesor Fig.
La implosión de aquella guerra había desbocado el hechizo polimorfador.
Mi cabello era verde otra vez.
Los guardianes me reconocieron de igual forma.Por eso agradecí en silencio —y luego en voz alta— cuando el profesor lo dijo.
—Gracias por decirlo, profesor. Podemos continuar.
Varita mágica
























Comentarios