35. Responsabilidad.
- Kala Rico Pollo
- 20 ene
- 3 min de lectura
Actualizado: 8 may
Varita mágica
El profesor Fig ya me conocía de antes. Aun así, se sorprendió al verme con la forma en la que me había conocido en los bares de Zaun.
Le sonreí de manera natural. Era mi amigo.
Por dentro, me sentí jovial; una alegría incontenible me atravesó, quizá canalizada desde sus propios adentros. Deduje que él también estaba feliz de verme siendo yo. Había tomado la decisión correcta una y otra vez, cada vez que soportó los tomatazos y los abucheos de mis amigos de juerga en mi ciudad natal. Estaba convencido de que yo sería la herramienta que necesitaba con urgencia, y ahí me tenía, cumpliendo.
Bendita longevidad.
Varita mágica Varita mágica
Me sorprendí cuando Fig azotó aquella máquina de toneladas contra el relieve de la cueva con un delicado y solemne ¡Depulso!, abriéndonos el paso para continuar el descenso hacia el último depósito, ya bajo el asedio de Ranrok.
Mi magia, si bien canaliza, también cataliza.Es una forma —tal vez rebuscada— de explicarlo: tomo la energía de quienes me rodean, la encauzo, y se las devuelvo amplificada.
Y, bueno… verme influir este mundo de manera real, por primera vez, me sorprendió.
Había olvidado lo que mi verdadera forma provoca en otros.
Mejoría.
Varita mágica Varita mágica
Predicamento otra vez. Un trol en una zona cerrada ya es problemático; dos más un ejército duende, rotundamente beligerante. A pesar de ello avancé como si aún estuviera jugando con llaves dedálicas o atrapando libros flotantes con ¡Accio! De cualquier forma, con troles o no, estaba dentro del castillo y con Fig a mi lado. Entonces no tenía que preocuparme por nada.
Esta mentalidad se materializó con una fuerza inesperada. Sharp, Onai, Weasley… todos estos maestros se encargarían de todo. Por primera vez aquí, el percance no tenía que ser resuelto por mí. Lo entendí tras las palmaditas en la espalda que me dio Fig, señalándome la saliente, directa al depósito de magia ancestral.
Llegamos al lugar. Los dos guardianes autómatas de la entrada dieron unos pasos hacia los intrusos. Saqué la llave y declaré, sin alzar la voz:
Ellos me volvieron digna. Déjennos entrar.
Creo que los autómatas ya me habían reconocido antes de que dijera nada.
El lenguaje corporal, incluso en un autómata, siempre habla.
Varita mágica Varita mágica
—Me alegra mucho que hayamos llegado antes que Ranrok —dijo el profesor Fig. Luego continuó, mirándome con cautela—. Ahora que estás aquí… ¿qué pretendes hacer con el depósito?
—Pretendo abrirlo —dije con absoluta seriedad.
A Fig se le cayeron, estoy segura, unos cuantos cabellos blancos con mi respuesta fuera de serie. Antes de que intentara persuadirme, solté una risotada.
—¡Ja! ¿Te la creíste?
Levanté una mano, intentando —y fallando— ponerme seria.
—Guardaré este secreto por ahora. Esperaré a que pase el tiempo y confiaré en quien crea que pueda ayudarnos a resolver cómo utilizar esta magia encapsulada en algo beneficioso para todos.
Eso alivió el trago amargo, y el susto, que le provoqué. Asintió. Bien. Eso es lo que Miriam, su difunta esposa, habría querido.
Este último diálogo impidió que Ranrok avanzara en silencio.
—Eres una maldita maga arrogante y petulante.
—¡Como tu madre! —le espeté de inmediato.
Aquí no tenía que contenerme. Mucho menos frente a este diablillo, dios de su propio mundo.
Ranrok utilizó la varita de Miriam para lanzar a Fig por una ladera, hacia una caída larga y brutal.
Y de manera prácticamente inevitable para mí, absorbió el remanente de magia ancestral de Isidora Morganach, junto con su embriaguez de poder.
Ranrok e Isidora.
Par de idiotas.
Varita mágica Varita mágica
Este bastardo goblin se cree poderoso porque se transformó en un dragón ancestral.
Si supiera que yo exterminé entes de esta categoría en mi tierra natal, no estaría tan engreído revoloteando por la cueva, sobrecargándose de magia ancestral como si hubiese logrado algo digno de celebrarse.
Un mago goblin.Magia ancestral.
Una mezcla inherentemente inestable. Fácil de leer. Fácil de romper.
Lo vi claro en el puente. Ahí estaba la grieta.
—¡Ultrashock Laser!
La bestia regurgitó miasma y bilis con cada descarga de mi raygun. Su cuerpo no entendía la energía que pretendía portar. No le pertenecía. Nunca le perteneció.
Sabía que no duraría mucho. Aun así, mejor terminarlo aquí, en este relieve hermoso y cerrado, que permitirle salir a la intemperie a vomitar su corrupción sobre inocentes.
—¡Explosión total!
¿Cuánto tiempo me tomaría finiquitar a un dragón?
Qué importa.
Deslizarme por estas cuevas era como tocar un instrumento musical. El combate tenía ritmo. Cadencia. Pausas y estallidos.
Las melodías no se interpretan con prisa.Nunca con la intención de terminar lo antes posible.
Eso sería… antinatural.
Varita mágica














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