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5. Resistencia: formación del carácter

  • Foto del escritor: Kala Rico Pollo
    Kala Rico Pollo
  • 7 ene
  • 8 min de lectura

Actualizado: 7 may

Varita mágica

Volví a buscar a Fig al día siguiente.Lo encontré discutiendo, pero esta vez con un profesor que, amablemente —no como el director—, me concedió la privacidad necesaria para hablar de lo que había encontrado en la sección prohibida de la biblioteca: el libro.—Falta una página —denotó el profesor Fig mientras realizaba un primer análisis.Llegó a la conclusión de que debía viajar a Londres, donde examinaría por completo y en soledad aquel tomo que me había otorgado visiones sobre los pioneros del castillo y, por supuesto, sobre los pioneros de la magia ancestral.—Tengo muchas cosas que hacer mientras estés ausente —remarqué.Y así, sin ceremonia, volví a mis andadas:a la exploración del resto del castillo,a dejar que mis pies decidieran,a escuchar qué otros secretos querían ser encontrados.

Varita mágica 

 Varita mágica

Un alumno de quinto año de Herbolaria me detuvo el paso.Sin preámbulos, me dijo que sabía quién era yo y que, por supuesto, podía ayudarlo a salir de un percance del cual él no podía hacer mucho.—¿Quieres que entre al subterráneo y te traiga un objeto de alta rareza? —pregunté, obligándolo a demostrar que realmente estaba en aprietos.—Los compañeros son crueles conmigo —confesó—. Me ponen apodos y, en general, me tratan de cobarde. Si me trajeras un objeto de ese nivel de rareza, podrían empezar a respetarme… si les digo que yo lo conseguí.Cuando se desenmascaró como alguien que en realidad solo buscaba paz, accedí.Me dirigí entonces a aquella parte del jardín donde, intuía, se me revelaría el camino hacia esas catacumbas olvidadas.

Varita mágica

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Aprendí sobre mandrágoras y otros tipos de plantas; me capacité para extraer pétalos o raíces de cualquier espécimen que pudiera encontrar en las catacumbas bajo el área de Herbolaria.Era sencillo, tal como dijo la profesora de Mirabel Garlick:No le tengas miedo a la planta carnívora y ella te permitirá acercarte.Venenosa, espinosa, de movimientos impredecibles: mortal.—Hola, plantita —le dije—. Te voy a arrancar una hoja, no te alteres, ¿ok?La planta carnívora, que sobrevive a expensas del Lazo del Diablo en cuevas poco iluminadas, me permitió arrancarle unos pétalos. Luego me despedí de ella.Pienso ahora que tal vez vuelva a visitarla:brindarle abono, o incluso buscarle una maceta junto a otras plantas carnívoras.Si esa planta había crecido y sobrevivido ahí, probablemente no fue por condiciones naturales, sino por descuido humano.Resiste, amiga.

Varita mágica

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La llave daedálica entró a la primera.Giré el rostro y miré por encima del hombro a quien me había pedido demostrar mi habilidad; él casi hizo lo mismo. No había nada más que decir.Me retiré de la escena por la gran puerta que conduce a las afueras rumbo a Hogsmeade y, por primera vez en mucho tiempo, me tocó ser espectadora de la destreza ajena: partidos de tenis mágico y otras actividades dispersas en esa zona exterior al castillo fueron mi entretenimiento hasta que el sol comenzó a ocultarse.Antes de que cayera la noche, recibí una carta de una compañera de clase que quería mostrarme un pueblo cercano.Cuando me dirigía hacia allá, algo me detuvo.No sabría explicar qué fue, pero mis pies comenzaron a caminar hacia atrás y, tras giros inesperados, me condujeron a la sede donde había tenido mis primeros duelos con varita junto a Sebastian.Esta vez, sin embargo, pelearía sola.Sebastian estaría como espectador, al igual que el resto de alumnos y profesores.Aquí comienza el relato de cómo me convertí en:La Campeona de las Varitas Cruzadas.

Varita mágica

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Cinco magos se postraron frente a mí, rompiendo la dinámica común de cualquier torneo.—No sabemos qué seas, pero te vamos a detener —dijo uno de ellos, con un apellido que terminaba en Cot.Así lo identifiqué el resto de mis días en el castillo: Cot, el flanker de fuego.—A mí no me va a detener nada, ni nadie —repliqué mientras empuñaba mi varita en el modo más agresivo, belicista, doliente, punzante y ofensivo que mi cuerpo humano podía exaltar.Para ese grupo de cinco magos, yo no era una heroína.Yo era una bestia.Era ese trol de las montañas que, de cuando en cuando, desciende y causa estragos.O más bien, ese dragón colérico que solo puede ser desviado por un gran número de magos trabajando en conjunto.Ahí no era la protagonista luminosa:era el muñeco de pruebas,el escenario vivo para situaciones que solo pueden resolverse en grupo,la encarnación de la estrategia de muchos contra uno.Por eso peleé.Porque sabía —y reconocía— que, aun siendo disruptiva, les estaba haciendo un bien.Y ellos, lo entendí semanas después, también me estaban entrenando a mí:como a esa bruja de tipo ranger destinada a enfrentar multitudes por cuenta propia.Hordas.Estilos de batalla.Tempos y estrategias distintas mezclándose, día tras día, en el caldero invisible del castillo.Había una pauta espiritual en todo ello.No volvimos a dirigirnos la palabra después de habernos ladrado guerra en la sede de Lucas.Esa pauta se formalizó con los meses:nos encontraríamos cada vez que el sol estuviera en su apogeo, casi siempre en el mismo lugar.Así fueron el resto de mis días en el castillo del panfleto de Fig.

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Los primeros días fueron brutales para mi cuerpo.No había campana ni ademán alguno que diera inicio al combate. Me tocaba, ciertamente, ser destruida como cualquier otro monstruo indeseable. Cuando menos lo esperaba, escuchaba a mi alrededor:—¡Accio!—¡Levioso!—¡Incendio!La emboscada perfecta me hacía caer.Cuando el dolor se disipaba, me ponía de pie y seguía mi camino.Derrotada.Nadie interactuaba conmigo; cualquiera podía atacarme en cualquier momento. Los directores hacían caso omiso, como si estuvieran de acuerdo con tales actos.Sin Fig cerca, estaba sola en un mundo que desconocía casi por completo. La naturaleza de ese mundo se volvió contra mí… y luché.Me convertí, sin duda, en un alma errante y solitaria.Pero cada vez que alguien me veía reflejar los primeros ataques de sus emboscadas, lo sabía: quedaban más asombrados que cuando me observaban forzar una llave daedálica contra una cerradura fija.Cuando me lanzaban contra el suelo, la otra maga de fuego —una cuyo nombre nunca supe, pero cuya voz aprendí a reconocer— se acercaba a mí. Cada día tenía una frase más elocuente, más precisa, para atacar mi ego y sembrar confusión:—Tú no perteneces aquí.Con el tiempo me volví más dura.No sé por qué, pero lograba ponerme de pie antes de que se perdieran de mi vista. Con el ceño fruncido, observaba su retirada: las mismas cinco capas, una y otra vez, durante un tiempo incalculable.Ese fue mi ultimátum, hecho a mí misma:Voy a acabar con ellos.No por técnica.No por poder.Por pura resistencia.

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Uno de los estudiantes de tercer grado escuchó los sonidos particulares de las varitas.Esta vez le llamó la atención que el estruendo no cesaba… y al no cesar, tuvo que investigar qué estaba ocurriendo.Cuando salió por la puerta hacia el kiosko, observó una escena muy distinta a la que estaba acostumbrado.Los cinco magos intentando ganarme los ángulos.Yo, arrinconada en un punto desde el cual podía leer todos los ataques entrantes.Cada vez que notaba que Cot, su único flanker, intentaba perderse de mi campo visual, corría aún más rápido y me plantaba frente a él. Y digo frente a su rostro: a una distancia en la que bastaba que presionara su varita contra mi pecho para hacerme estallar en fuego.Detrás de él, las cuatro siluetas restantes aguardaban, sabiendo que si Cot caía, yo arremetería contra ellos.Los profesores, los alumnos, las plantas, los fantasmas, los vitrales… incluso los cuadros del castillo parecían implorar ser sacados afuera para verme.Resistir.

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Cot y yo intercambiamos daño con ¡Incendio!, pero su retroceso fue mayor que el mío.Avancé contra él entonces, no en una maniobra táctica, sino en una caminata más poética que eficiente.Los otros cuatro magos salieron de mi campo visual y comenzaron a lanzarme hechizos silenciosos. Al no escuchar el llamado del conjuro, era imposible saber cuándo conectarían conmigo y, por tanto, imposibles de reflejar.Di varios pasos hacia Cot. Estaba derrumbado, observándome desde su baja perspectiva, los músculos ya incapaces de sostenerlo en pie.Qué escena tan terrorífica debió ser para él:el monstruo caminando lentamente hacia su posición, con una varita de colores extraños, reflejando uno a uno los ataques de sus compañeros.¿Imposible?Imparable.Prewett, tal vez al percibir el terror de Cot, lanzó un hechizo aún más indetectable hacia mi tobillo. El impacto me hizo desbalancear y, casi de inmediato, el resto de la artillería me alcanzó.Estos días en los que demostraba algo de resiliencia siempre terminaban igual.Una sola falla… y mordía el polvo.Los magos me daban por derrotada y se retiraban, aun cuando yo me ponía de pie casi de inmediato tras ser derribada. Esa era la escena recurrente: ellos alejándose, yo tocando la tierra, recolocándome en algunos de los ángulos que habían surgido durante la batalla.A veces repetía los ademanes coreográficos que me habrían dado defensa frente a la serie de ataques que no logré repeler de manera completamente efectiva.Para algunos era bizarro.Para otros, interesante.Verme allí, después de ser aplastada, con el semblante fijo y curioso…no derrotada, sino pensandocómo pelear mejor al día siguiente.

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Al tercer mes de mi nueva forma de vida olvidé a Fig, por supuesto.Había sucumbido a esa forma de ser tan mía.Empecé a verme desde el punto de vista de los demás porque ya no necesitaba poner atención en los oponentes. Sus fintas eran las mismas:el mismo patrón,el mismo tempo,las mismas variaciones.Leerlos era tan fácil que prefería prestar atención a otra cosa:al cuadro que siempre era llevado por los alumnos de segundo año para verme combatir a diario.Mi fan número uno.Los minutos pasaron.La capitana —la otra maga de fuego— se quebró. Quedó inmóvil el resto del combate.Cot fue lanzado con violencia contra una pared, lejos de lo que se había formalizado como arena.Prewett y sus otras dos compañeras siguieron luchando contra mí.Prewett y yo nos miramos a los ojos.No éramos enemigos.La misma mirada cómplice que habíamos compartido cuando me habló de plantas en clase apareció ahí, en medio del duelo.Quiero decir: aunque yo fuera un monstruo en combate, era profundamente consciente de todo lo que ocurría fuera de la arena.Y Prewett vibraba en esa misma sintonía.Cuando Prewett cayó al suelo y ¡Levioso! terminó su efecto, le permití atacarme.Y así, dejé que su compañera de Gryffindor me liquidara en el aire.Había pasado tiempo.No sé cuánto.Pero nunca antes había escuchado el rugir del público.La niña que solo sabía ¡Accio! había derrotado a la nueva —a mí—.Las que parecían sus hermanas estaban re-emocionadas; tanto, que le dibujaron en el rostro una sonrisa muy particular.Ella también era poderosa.Prewett quedó como único observador cuando me levanté del suelo.No podíamos darnos la mano como en cualquier otro duelo.Aquí éramos oponentes.Y no debíamos romper la ilusión del público.

Varita mágica

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—¿Crees que hoy sea el día? —le dijo un profesor a uno de los alumnos de Ravenclaw, ya dentro de su rutina diaria, donde yo servía de espectáculo momentáneo.—Creo que todos los días son el día, profesor —contestó el alumno, con la aspiración de alguien que busca ser más todo el tiempo.Ahora lo sentía.Ahora lo mentalizaba.Ahora yo era la fuerza de ataque.¡Incendio!Los dos magos de fuego quedaron aturdidos. El momento perfecto para verme ilustre usando ¡Accio! y ¡Levioso! sobre los demás oponentes, y repetir la misma perspectiva de todas las tardes: reaccionar y repeler, hasta que existiera una apertura segura de contraataque.Mi cuerpo se encendía.Como si mis cabellos quisieran volverse eléctricos cuando previsualizaba la victoria.Entonces Prewett —o alguna de sus compañeras— me tomaba desprevenida.Y otra vez, tenía que esperar al día siguiente.Bendita competencia.

Varita mágica

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Cot cayó al suelo.El desgaste de tantos días lo había convertido en la pieza más débil de su composición. La capitana de fuego y Prewett cayeron al mismo tiempo, en un zig-zag múltiple de mi varita. La compañera más joven habría caído de rodillas y soltado su varita, no por impacto, sino por el miedo que provoqué al avanzar.Y ahí quedó la última de su equipo, arrinconada contra el trol.El dragón abrió su mandíbulay lanzó el tan temido aliento de fuego.Me di la vuelta.Me estiré los brazos, arrogante.Me sacudí el uniforme de Ravenclawy avancé entre el público en búsqueda de Lucas, quien ya tenía lista mi nueva vestimenta.—Has ganado mi torneo, Kala Bridge. Toma tu trofeo.Un conjunto de ropas silvestres, frescas, lo bastante cómodas como para recorrer el mundo fuera del castillo con total libertad.Los aplausos se hicieron pequeños.   Los llantos de las pinturas se perdieron detrás de mí.Y así dejé el castillo:como campeona de las Varitas Cruzadas.

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