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9. Identidad percibida: la bestia

  • Foto del escritor: Kala Rico Pollo
    Kala Rico Pollo
  • 7 ene
  • 3 min de lectura

Actualizado: 7 may

Varita mágica

El boticario, encimismado en su mundo de pociones y recetas mágicas… adquirí en su tienda lo que el profesor Sharp me había dejado de tarea. Pero siempre que cruzo la puerta de su local me queda un regusto extraño. Creo que el señor J. Pippin no me cae bien.De vuelta en el castillo, utilicé las pociones frente al profesor Sharp, quien me había prometido enseñarme el hechizo de ¡Depulso! si lograba resistir los efectos de Edurus, Maxima y Concentración.Todas a la vez.Cuando desperté, sí, me dolía un poco la cabeza y el cuerpo se sentía extrañamente tenso. El error que pude haber cometido —la sobredosis— ocurrió, en medio de la desesperación, en un ambiente seguro y con un experto vigilándome.Mi resolución ante aquello convenció al profesor Sharp de que estaba lista para aprender lo que seguía.

Varita mágica 

 Varita mágica

—¡Depulso!La oveja no resultó ser tan testaruda como había creído.Eso… o tal vez Depulso era su debilidad definitiva.Seguí probando mi nueva habilidad con otros objetivos: lobos, magos furtivos…En una expedición casual me topé con unos granjeros. No estaba segura de si eran rebeldes o algo por el estilo.—¡Buenos días! —les dije desde una cerca—. ¿Disculpen, ustedes son dueños de esta tierra?Me dirigía a dos hombres con sombrero que trabajaban el suelo en un área delimitada por palos, rocas y árboles.No respondieron.Ni siquiera voltearon a verme.Ese tipo de lenguaje corporal es muy claro cuando alguien te escucha perfectamente… y espera, con la misma atención, que te retires cuanto antes.Respeté el alto grado de misterio de aquellos personajes y los dejé ahí, trabajando la tierra en silencio.Un lugar que se parecía mucho más a un campo de guerraque a una granja.

Varita mágica

 Varita mágica

Mi estilo de movimiento ante los peligros salvajes había cambiado de forma abrupta.Me abría paso haciendo levitar a los enemigos o lanzándolos fuera de mi camino con ¡Depulso!.Aquel lugar, donde bien pude haberme convertido en la protagonista de otra escena de lucha, fue testigo de mi presencia solo durante unos segundos. La ciudad, arrasada por arañas gigantes y ahora convertida en un vertedero de vísceras animales, huevos y telarañas, fue apenas la senda que tomé. Sin distraerme, avancé hasta el final.Al llegar al centro entendí por qué no me había detenido en lo absoluto. Mi espíritu —el que me impulsa— ya lo sabía: había que llegar cuanto antes al castillo de la ciudad vecina. Porque ahí, en medio del desorden salvaje, resistían la hambruna y la desolación un grupo de supervivientes.¿Por qué quedarse ahí, sin comida ni agua?¿No serían capaces de avanzar por el bosque como yo lo había hecho?—Son solo arañas —cavilaba frente al gran portón del castillo, que se negaba a abrir.Vagué apenas unos segundos cuando hice contacto visual con las criaturas que mantenían encerradas a esas personas. Un par de puntos rojos emergía sobre el agua estancada, casi putrefacta, que rodeaba el castillo.Ellas me consideraron su presa.Y yo… las consideré a ellas.

Varita mágica

 Varita mágica

Para una infestación de sapos morados gigantes basta una Kala.Alguna forma de magia ancestral brotaba desde mi centro mientras combatía aquellas malignas formas de vida. Algo distinto al bosque me observaba erradicar la plaga. Tal vez algún superviviente del castillo, asomándose durante las horas de mayor luz por las ventanas altas.La magia ancestral se sentía de manera distinta según el momento. Bastaba llevar la mano libre al pecho, en esos intervalos en los que los sapos se cansaban de atacarme, para saber que seguían ahí, observándome.Con esperanza.Había que golpear siempre el mismo punto del sapo. De otra forma, harían falta años para infligir daño crítico a la piel del demonio pantanoso. Estaba claro: corría contra el tiempo.La magia ancestral de mi centro se transformó en sentimiento. Tras esquivar con un ¡Incendio! o una rodada los maquiavélicos intentos asesinos de aquellas bestias; tras ponerme de pie y volver a mi centro de gravedad, sentía un ardor en el pecho. Era el eco de quien observaba desde lejos, casi desmayándose al creer que ese ataque había dado conmigo… y luego, al verme emerger del río intacta, su esperanza se fragmentaba al instante.Si la energía canalizada de mis espectadores tuviera sabor o color, habría cambiado de matiz hasta el final.Cuando di por exterminada lo que parecía ser la amenaza principal de la región, volví a intentar hablar con la gente del castillo.Resultó que prefirieron quedarse ahí dentro… hasta que yo me fuera.Al final, quien lideraba la supervivencia del grupo tenía más miedo de mi presenciaque de los sapos.

Bestia.

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