El gremio de super-eléctricos.
- Kala Rico Pollo
- 7 jun
- 4 min de lectura


Al final, el 07/06 del año Zaun 2026, el reactor se apagó.
Vaya.
Llevaba décadas manteniéndolo encendido, pero estas últimas veinticuatro horas fueron distintas, y terminó cediendo.
Normalmente me pondría a cuestionar el asunto, como con cualquier otro acontecimiento, grande o pequeño, de mi ciudad.
¿Se habrá cortado mi enlace con el núcleo de energía?
¿Habrán destructurado los mecanismos de la fábrica?
¿Quién o qué?
Preguntas que nunca dejan de venir a mi mente.
Y con este flujo, a veces la respuesta es otra pregunta.
¿Un gremio de superhéroes eléctricos?
Leía un anuncio impreso en papel fino.
La luz de la vela, sobre el escritorio de madera fina y de olor dulce, me permitía apreciar que estaba en excelente estado.
Este era uno de mis lugares recurrentes.
Sobre el escritorio de mi amigo erudito se acumulaban toda clase de objetos interesantes que hurtaba su legión de exploradores gnomos.
Mi amigo tenía una vasta colección de todo tipo de noticias impresas: anuncios de recompensa —esta era, en realidad, la razón principal de nuestra amistad—, invitaciones para fiestas privadas, como aquella vez que consiguieron una invitación para las festividades invernales del castillo de Swain, y un montón de cosas contemporáneas del mundo que yo nunca tengo tiempo de descubrir por mi cuenta.
Durante mi revisión encontré un cartel sobre un gremio situado por allá, cerca de Demacia.
Estaba guardado con mucho cuidado, sin raspaduras.
¡Qué gran trabajo de preservación!
Me quedé fascinada hasta que noté que, en realidad, el anuncio apenas tenía unos días de antigüedad y simplemente se había mezclado entre el resto de los papeles.
El reactor estaría apagado durante un tiempo.
Nunca lo había visto apagado.
Y nadie de mis amigos parecía preocupado por que volviera a encenderse.
Más tarde visité los Barriles de Fuego, un área común para reanimar los espíritus de excavación.
Algo así como un espacio provisto de comodidades, buena comida y un ambiente de tranquilidad, donde la gente conversaba sobre nuevas rutas para minar y otras cuestiones triviales.
Pensé en sacar el tema del reactor y de aquella primera vez que permanecía fuera de funcionamiento.
Pero justo cuando lo pensé, mi colega Rogan —uno de mis mejores compañeros de los grupos de autoayuda— volteó a verme como si hubiera leído mi mente.
Su mirada fue suficiente para hacerme comprender que todos estaban bien con el mundo a oscuras por un tiempo.
Siempre había canalizado mi energía hacia los apagones, o hacia la maquinaria que no recibía suficiente suministro.
Por inercia.
A veces me agotaba o sentía las repercusiones de dar demasiado durante demasiado tiempo.
Y aun así terminaba recuperándome para volver a proteger y cuidar de mi ciudad, Zaun.
Así había sido mi vida desde que dejaron de ocurrir altercados de escala galáctica o multiversal.
Como aquella vez que Heimerdinger me llevó a destruir un dragón ancestral de otro universo.
La vida había sido tranquila, al menos desde mi experiencia personal.
Pero nunca tan tranquila como con el reactor apagado.
No tenía prisa por llegar a la punta del continente para recoger víveres, pues cuando regresara el reactor seguiría apagado de todas maneras.
Entonces recordé aquel gremio de supereléctricos.
Estaba junto a los territorios de Yorick, al este, en dirección a Noxus, saliendo por el noreste de la fortaleza demaciana.
Allí se encontraba una ciudad que no había visitado en mucho tiempo.
La ciudad donde vive hoy en día Muffinhawker, mi maestro eléctrico.
Esta ciudad, expandida entre granjas frutales y bosques interminables, tenía una forma de existir poco extravagante.
Los conductos eléctricos recorrían discretamente algunas pendientes de roca.
Muchos permanecían ocultos bajo la nieve.
Yo, adepta a la electricidad, podía percibir los catalizadores bajo la capa blanca y bajo ciertos terrenos.
Para cualquiera más, aquella red energética habría pasado desapercibida.
La gente que trabajaba la tierra y cuidaba del bosque vivía como cualquier otro ciudadano.
Con una diferencia.
Aquí las vicisitudes tomaban forma.
Monstruos de montaña.
Arpías salvajes.
Sirenas que custodiaban manantiales subterráneos.
Toda clase de entidades peligrosas para la gente común.
Y por eso existía una patrulla.
La Legión de Supereléctricos.
Y por eso existía Muffinhawker.
No fue difícil reconocerme como forastera.
Mi apariencia y mi vestimenta me delataban.
Pero aquello era irrelevante para el maestro.
Él enseñaba a cualquiera dispuesto a aprender cómo enfrentar la adversidad.
Nada más.
Me senté junto a otros diez aspirantes de magia eléctrica.
Brazos extendidos.
Palmas sobre las rodillas.
Escuché en silencio.
No armé alboroto.
Hasta que el aullido de una bestia me tiró de la oreja.
Esperé a que terminara la lección.
Estreché la mano de mis compañeros.
Y fui hacia el origen del ruido.
Atravesé el relieve de tundra hasta dar con:
OMY Rombli#81598.
Un Sion leñador que estaba guardando sus herramientas de trabajo tras la alerta de abominación.
Lo convencí de que sacara sus armas.
Y de que peleara conmigo.
Andres524#LAN.
Nox06#0506.
TSC Maverick#LAN.
Los otros ciudadanos, aquellos que vi más aptos para actos beligerantes, me siguieron.
Estaban acostumbrados a que la guardia viniera a protegerlos.
La Legión de Supereléctricos.
Yo, en cambio, tal vez erradamente ante los ojos de los oficiales de aquella ciudad, armé una pequeñita revolución con sus habitantes.
Los potencié para el combate.
Los hice defenderse por sí mismos.
El silencio de los oficiales, y el de Muffinhawker al verme liderar aquella defensa por mi propia cuenta, sin recurrir a los "profesionales", quedó muy grabado en mí.
Ellos no intercedieron.
Se quedaron a la distancia.
Cuando terminamos de repeler la pequeña horda de bestias gélidas, me quedé pensando muy para mis adentros.
Algo que todavía rebota en mi mente.
Vine a encender el reactor de otra ciudad.
Pues el mío estaba apagado.
Al final, sigo siendo yo.





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